La trampa de perseguir los objetivos equivocados
- rlopezvazquez

- 13 feb
- 2 Min. de lectura
A veces, los sistemas no fallan porque la gente “lo haga mal”, sino porque persiguen el objetivo incorrecto. Cuando nos equivocamos de meta, podemos terminar reforzando justo aquello que queríamos transformar.

Cuando los números suben, pero el bienestar no
Si definimos mal qué significa “tener éxito”, podemos dedicar muchos recursos, coordinar equipos y cumplir indicadores… para acabar empeorando el problema de fondo.
Pensemos en cómo medimos el progreso: cuando solo miramos el crecimiento económico a corto plazo, corremos el riesgo de ignorar el bienestar real de las personas, la salud de los ecosistemas o la calidad de los vínculos comunitarios.
Podemos hacer subir los números mientras se deteriora todo lo que hace que la vida merezca la pena.
Esta es una trampa sistémica: cuanto más nos esforzamos en alcanzar un objetivo mal planteado, más se consolida un resultado indeseado. El sistema obedece exactamente a lo que le pedimos… aunque no sea lo que realmente necesitamos.
Preguntas incómodas (y necesarias) sobre nuestros objetivos
Antes de diseñar soluciones, merece la pena detenernos a revisar qué estamos poniendo en el centro:
¿Qué estamos midiendo y celebrando realmente?
¿Qué se está quedando fuera de nuestros indicadores?
¿A quién beneficia, y a quién deja atrás, el objetivo que hemos elegido?
Si el sistema “triunfa” según nuestras métricas, ¿el mundo fuera mejora de verdad?
Redefinir los objetivos no es un detalle técnico, es un acto profundamente ético y político. Significa pasar de “que nada parezca ir mal” a preguntarnos “qué hace que este sistema sea justo, sostenible y habitable para el mayor número de personas posible”.
El papel de la investigación y el diseño estratégico
Aquí la investigación aplicada y el diseño estratégico pueden marcar una gran diferencia. Nos ayudan a:
Contrastar objetivos declarados con la realidad del sistema y de las personas implicadas.
Identificar efectos no deseados de las metas actuales (lo que incentivamos sin querer).
Formular objetivos que reflejen bienestar, no solo actividad o crecimiento.
Traducir esos objetivos en indicadores vivos, que acompañen y no distorsionen la acción.
Elegir bien la meta es el primer paso para no perdernos por el camino. Antes de acelerar, conviene asegurarnos de que vamos en la dirección adecuada.
“Cuando se persigue el objetivo equivocado, el sistema cumple obedientemente la regla y produce el resultado específico de la regla, que no tiene por qué ser lo que alguien desea en realidad. El problema de los objetivos equivocados surge cuando uno se da cuenta de que está sucediendo algo estúpido “porque lo dice regla”.
Pensar en sistemas. Donella Meadows.
La persecución el objetivo equivocado. Págs. 190-194.
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